SEMBLANZA

 

A la memoria de mi abuelo Guillermo

Fue un justo juez, cuyo juicio otorgaba sabia razón,

al indio, al hacendado, al rico o al mendigo.

El destino no me permitió la dicha de haberlo conocido,

solamente  recopilé varias anécdotas e historias maternales, de su sabio corazón.

 

Vivió siete años junto a su niña alegría, siete oraciones juntos cada semana,

el tiempo necesario para ser feliz y así poder prolongar la vida.

La enriqueció  con relatos y besos en la fría serranía,

venciendo de este modo, al tiempo de su pronta partida.

 

Expresión firme y compasiva en la mirada.

Se quitaba el sombrero de igual forma, para saludar a un vocal o a un obrero.

Hizo sentar en su mesa a un hambriento, a un niño, a un desconocido.

Los nombres no son casualidad, algo de mi abuelo debo tener yo.

 

Se despidió sereno un otoño con estrellas de su niña alegría,

para ser su guardián, desde aquel cielo de eterna fantasía.

La vida es un instante que nos ha sido gratuito.

Hoy, los dos ya están junto a Dios,

leyendo esta poesía.

 

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