VALLEJO

 ¡Vallejo duerme, no ha muerto!

Gritan las voces de poetas enfermos.

Enfermos de versos, con  preguntas de mortales

que nos perturban los sesos.

Son las preguntas que ahondan en un cuerpo de barro 

o en  el ánima más tibia.

 

Vallejo es del mundo, de todo tiempo.

Todo trajina en el corazón del poeta de Santiago de Chuco;

la vida, la  suerte de Dios, los flagelos,

el adiós a Miguel, los amores andinos,

sus juegos, la nostalgia de ser eterno

y el madero de un Cristo, que escribe con espada sus versos.

Jugó a la  vida con unos dados eternos,

quiso hablar de agonía hasta la agonía.

Tuvo sed como hombre, queriendo beber de Dios;

quiso hablar de esperanza en el débil

y no enlutó a la poesía;

la hizo vida desde el dolor, desde el sentir

que las venas son lágrimas cuando el alma a solas habla. 

Vallejo duerme, en la tinta de un bisoño poeta,

y en la historia de un Perú que le adeuda.

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