CUENTO SIMON DE CIRENE
No imaginó que
llevaría en sus hombros la cruz del mismo Cristo, pero debería de suceder. No
era para su entender lo que vivió hasta tiempo después. Son esos hechos humanos
impensables como el misterio del universo y allí permanecen siempre.
El juicio del hombre ya
fue hecho para el Hijo de Dios. Manos lavadas, conciencias oscurecidas y un
pueblo dividido entre la piedad y el odio para el amanecer del día en que Dios
murió. No se sabe que día exactamente fue. Se recuerda un viernes, pero Dios
muere un poco cada día ante la humanidad indolente.
Cirene, despertó aquel día
con el bullicio inevitable en todo el pueblo. Su corazón le presagiaba dolor.
Esperó que saliera el sol para ir a ver lo que sucedía.
Cristo ya fue burlado por Herodes
sin dejar de decir que Él
era el Hijo del Altísimo. Dios ya iba muriendo ante
la incredulidad, pero su mirada no moría. Juan, el apóstol joven lo seguía a
donde lo llevaban junto a María. Ella sabía que estaría frente a su Hijo
clavado en una cruz.
Cirene observaba
detenidamente lo que sucedía, percibía el odio romano y llegó a presenciar el
juicio de Pilatos. Su alma estaba conmovida por ver a quien había escuchado
muchas veces. Vino a su memoria la parábola del hijo pródigo y el milagro de la
multiplicación. Vio a un Cristo sólo y el dolor en su corazón no dejaba de
existir. No creía lo que veía, mientras las profecías se iban cumpliendo. Lo
escrito estaba sucediendo y el día había llegado para Dios y el mundo.
La sangre se derramaría en
el camino que lo llevaría al Gólgota. Empezó el flagelo y Cirene derramó
algunas lágrimas; porque, aunque la humanidad perdió su ser, mucha gente sintió
compasión por el Hijo del Altísimo. Pero, era mayor la compasión de Cristo por el
hombre.
Acercándose el mediodía,
el llamado hijo del carpintero tomó su cruz y Cirene al ver aquello volvió a
llorar. Presagiaba con mayor fuerza que algo le sucedería y todo lo que acontecía
era único para la historia y la eternidad. Cirene vio que María limpiaba la
sangre, nuestra sangre y era testigo del silencio, del llanto, la crueldad y el
valor de un hombre, que dijo ser también Dios.
Fue uno de esos setenta y
dos discípulos que escucharon parábolas de vida, que muchas veces no se
entendían. Vaya paradoja: Una parábola está hecha para ser que lo relatado sea más
comprensible, pero el mensaje no cumplía en muchos su cometido, porque su alma
estaba del todo obnubilada.
Cristo cae por primera vez
y Cirene ve a María caer también. Cae por segunda vez y ve más llanto y burla.
Cae por tercera vez y pide piedad para aquel hombre. Un soldado romano le obliga
a que lo ayude. Primero se niega, por el temor a ser visto como un ladrón. El
milagro sucede y Cirene decide cargar la cruz. Al escribir estas líneas me
preguntaba si de estar allí: ¿Qué hubiese hecho? ¿Negarlo? ¿Hubiese cargado el
madero del mismo Dios? Esta respuesta la tendré el día de mi muerte. Cirene
tuvo su respuesta al mirar al Salvador y cargar la cruz con Él
hasta el inevitable Calvario.
Cirene con este hecho de
amor cambia los evangelios, la historia, nuestras vidas, su propia vida, porque
demuestra que una parte de la humanidad sabe tomar su cruz. Sí hubo un hombre sencillo,
afable y griego, que tomó la misma cruz del mismo Dios. La piedad del hombre
hacia su propio Creador, así determinó Dios que fuese su agonía.
El camino hacia El
Calvario era el recorrido de la vida en el tal Simón. Mientras estaba al lado
de Cristo recordaba su existencia, por instantes imaginaba que lo vería en pocos
años otra vez, en aquella promesa de eternidad. Sus brazos se quebraban de
dolor y María lo vio y lo reconoció, Cada paso era una letra escrita de la
pasión por los hagiógrafos y una letra de mi vida que aún no descifro.
Las profecías dejaban de ser
y se convertían en hecho, para luego ser toda escritura que se plasmaría en cuatro
evangelios, los cuales son el sentido de la vida de Dios en la tierra y el
sentido del ser del hombre. Cada destino que tiene la vida de cada uno, está
escrito en varios lugares de los evangelios o en una frase de ellos; pero ya
está escrita nuestra vida. Cirene quedó grabado en pocos capítulos y
versículos, que resumen lo que vivió antes de que Dios muriera en su creación.
Creo en mi certeza que ese
día, junto al nacimiento del Salvador, son los más importantes para la historia
de esta humanidad. En uno de esos días se hace hombre y en el otro muere el mismo
hombre, muere Dios.
El Gólgota se hacía más
cercano, llegaba la hora, el instante, el dolor, la crucifixión, la última gota
de sangre, la última palabra, el último aliento, ….Dios lo escogió a Cirene,
nunca sabremos el por qué.
Ya llegando al Gólgota,
Cristo lo miró por última vez. Ambos dejaron la cruz y cada clavo era el
silencio indolente del mundo ante la muerte de su Creador. Cirene fue empujado
y en sus ropas estaba la sangre derramada. Seguía sin entender todo lo que
estaba aconteciendo.
Pensó en regresar a casa,
pero decidió alejarse un poco y entre la muchedumbre fue escuchando siete
frases. ¡Padre, perdónalos, porque… y le pidió perdón al mismo Dios, ¡Tengo sed¡
y miró su propia pobreza, la del alma, ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu¡
y en medio que la tierra tembló fuertemente, este mundo indolente más de una
vez giró. Cirene frente a la cruz se entregó
arrodillado y triste.
Sí hubo un hombre sencillo,
afable, griego, también carpintero y muy desconocido en el tiempo, que tomó la
misma cruz del mismo Dios. Hombre lleno de virtudes, al cual con esta soledad
de líneas le estoy agradecido.
Cirene ya de niño creía en
las profecías. Sus padres le enseñaron a hacer arte con la madera y leía por
las noches filosofía, especialmente platónica. Admiraba la biografía y el saber
de Sócrates. Solía andar por las calles empedradas y se sentaba a meditar las
escrituras.
Se casó muy joven, tuvo
dos hijos. Uno llevó su nombre y la menor se llamó Rocío, a quienes les enseñó
a hacer andamios y las profecías. En su
vida conjugó la lectura, la fe y el oficio de la carpintería.
Recordaba siempre los
sucesos de aquel día, desde el momento en que el soldado romano lo obligó a
cargar el madero de Cristo. No dudó en hacerlo. Tenía en su mente los ojos misericordiosos
de Cristo, quien le dijo” Esta cruz no es tuya”. Cirene le respondió: “También
es mía Señor”.
Fue feliz junto a su
familia, fabricaba cruces para venderlas en Pascua y otros las regalaba, porque
se consideraba un apóstol. Rezaba por las noches ante un crucifijo que tenía la
sangre de Dios.
Se dedicada a predicar el
evangelio en las sinagogas. Conoció especialmente a Simón Pedro, Juan, Felipe,
Santiago y Tomás, el incrédulo. Se reunía con ellos para orar. Ante la Virgen
María, se arrodilló y le dijo: “Bendita eres, bella doncella”. A los pocos días
volvió a ver a Cristo, su alma se conturbó.
Solía recorrer algunas
tardes el camino hacia el Gólgota. En aquel calvario rezaba, leía, escribía su
nombre en la tierra y dejaba una cruz.
Murió con más de ochenta
años un viernes entre la hora sexta y nona. Aquel día se nubló el cielo, cuando
fue enterrado en el Gólgota, como fue su mayor deseo.
Sí hubo un hombre
sencillo, afable, griego, también carpintero y muy desconocido en el tiempo,
que tomó la misma cruz del mismo Dios.
De mi libro Mis Historias Posibles.
ResponderEliminar